POR: ALFREDO RUBIO GODOY

Caminar por la ciudad de Florencia permite entenderla más allá de sus cifras oficiales; es más, solo así es posible respirarla, oírla, sentirla en toda su dimensión. Basta tomar la zona céntrica para ver cómo convergen oficios invisibles, economías informales, labores esenciales y dramas humanos que, por fuerza de las circunstancias, se vuelven parte del paisaje. Nada que no suceda en otras capitales; sin embargo, es el territorio donde vivimos y está en todos los que lo habitamos ayudar a transformarlo.
Caminemos juntos, entonces, tratando de descifrar la urbe que madruga para sostenerse, con esa estela de pobreza extrema, adicciones y tantas otras situaciones perturbadoras.
ARRIBA Y ABAJO
Los amaneceres son todo un espectáculo que hace mantener en alto la mirada para apreciar las garzas cruzando el cielo, aves que irrumpen sobre techos y palmeras, esa mezcla de colores que contrastan con el alocado ritmo urbano, donde el tráfico denso y las bocinas son todo un desafío para los sentidos.
En mi caso, caminar me permite cruzar palabras con el sexagenario habitante de calle que ya me pide con confianza algo para comer; el vendedor de tinto; otro más que vende buñuelos y pandeyuca; la señora que me ofrece el jugo de naranja… Su jornada empieza antes de que la mayoría se levante y todos buscan cómo asegurar el sustento del día.
Entre tanto, los mototaxistas pitan una y otra vez ofreciendo su servicio; algunos asumen la respuesta negativa con molestia y, si es afirmativa, cualquier cosa puede pasar: bien sea llegar al destino sin novedad o estar expuesto a los riesgos de una caída o una estrellada. Cada rato sucede lo uno o lo otro, incluso con desenlaces fatales. Son miles de habitantes dependiendo de cada moneda o cada peso; favorecidos, en parte, por aquellos que gozan de un empleo, y cuántos de estos soportando también toda suerte de dificultades porque el salario no les alcanza. Sin embargo, hay escenas más duras que acompañan cada caminata.
TRES HISTORIAS
A mi paso, una y otra vez tropiezo con el problema creciente de las adicciones; tres casos, visibles para muchos, retratan esa realidad con crudeza.
Uno: a pocos metros de funeraria La Basílica, una joven duerme casi todos los días sobre la acera; hace algunos meses reflejaba vitalidad y hoy su deterioro es alarmante. Cuando la veo despierta, le pregunto cómo está, para recibir siempre la misma respuesta con una opaca sonrisa: “bien”. ¡Eso duele!
Dos: cerca de un hotel veo al mediodía una adolescente rapada; vive en mi cuadra, pero a esa hora camina enceguecida en busca de una dosis. Su familia la recibirá de regreso, con una mezcla de alivio y resignación; la dejan entrar y salir con total libertad, porque ya no encuentran cómo contenerla.
Tres: al comenzar la noche, cerca de la plaza La Concordia, una morena de figura llamativa aborda a los transeúntes. Pide dinero con timidez; le pregunto si es para comer y dice que sí; le entrego entonces cinco mil pesos y de inmediato corre feliz al rincón donde la esperan cuatro consumidores más. A diferencia de las otras dos, su cuerpo aún no refleja deterioro, pero su rutina es señal clara de que va en la misma dirección.
Tres historias que hacen imposible ignorar los altos niveles de consumo de drogas, producto del abandono, la falta de oportunidades o, quizá, malas decisiones…
REALIDAD ESTRUCTURAL
Miguel Ángel Galeano, quien hasta hace unas semanas fue gerente de Desarrollo Humano del municipio, afirma que durante los dos últimos años visitó 163 barrios vulnerables, donde vio el hambre y las insuficiencias en proporciones mayúsculas. Sobre los habitantes de calle, revela que el dato institucional daba cuenta de 252 personas, pero encontró esa misma cantidad en una sola zona de consumo. En total, identificó nueve ollas distribuidas en sectores como San Luis, Idema, Galería Satélite, Calle de los Indios, Puente Torcido y Amazonía. “Son 30 años de abandono”, resume.
HÉROES QUE POCOS VALORAN
Mientras estos dramas van y vienen, otro componente humano sostiene el funcionamiento de la ciudad 24/7: operarios de Servaf reparan fugas del acueducto antes de que la ciudad despierte; técnicos de Electrocaquetá revisan postes, transformadores y redes, y los equipos de ESAC barren calles y recogen residuos desde la madrugada.
Son trabajadores invisibles que garantizan agua, energía, limpieza y seguridad mínima; pueden cargar con el peso de innumerables problemas familiares, pero eso poco importa al ciudadano común, acostumbrado a reclamar soluciones por los servicios que paga.
EL DÉBIL TEJIDO SOCIAL
La administración municipal impulsa programas de atención integral a través de las secretarías de Inclusión Social, Educación, Cultura, Deporte y Salud; no obstante, Galeano advierte que se requieren ocho años de continuidad institucional para lograr cambios de fondo. Y pueden ser muchos años más.
También está previsto implementar escuelas de liderazgo juvenil a partir de 2026, entre otros proyectos; pero los ingresos de la alcaldía son insignificantes ante la magnitud de lo que hay por atender en materia social.
Claro, lo de Florencia es mínimo, comparado con otras ciudades de Colombia; cabe entonces cuestionar al final de este recorrido por qué, a solo meses de terminar el periodo del actual gobierno nacional, de múltiples formas se muestra que el país va bien mientras una enorme y creciente franja de colombianos va muy mal.