Por: Skarleth Wooff; Politóloga
Hoy, 8 de marzo de 2026, el departamento de Caquetá no solo vive una jornada electoral para elegir a sus representantes a la Cámara; vive uno de los episodios más alarmantes de degradación democrática en su historia reciente. Tras más de tres horas de votaciones, lo que denunciábamos como una amenaza latente se ha transformado en una operación de presión sistemática que se despliega a plena vista en los puestos de votación.
La manipulación ejercida desde el poder sobre la ciudadanía ha alcanzado niveles intolerables. En este momento, mientras miles de caqueteños acuden a las urnas, los contratistas de diversas instituciones del Estado están bajo la lupa de sus superiores, sometidos a una vigilancia que vulnera los principios más básicos de nuestra libertad.
Resulta indignante que, en pleno 2026 y bajo el amparo de una Constitución que nos define como un Estado Social de Derecho, estemos presenciando esta estrategia coercitiva en tiempo real. Los contratistas —seres humanos con familias que dependen de su sustento— están siendo obligados a reportar su asistencia y la de sus “referidos”. Aquellas listas de datos personales de familiares y amigos que fueron exigidas semanas atrás, hoy se están cotejando en las entradas de los puestos de votación bajo la amenaza implícita de la no renovación de sus contratos.
Desde mi perspectiva como politóloga, es inaceptable que los entes gubernamentales utilicen tácticas que se asemejan más a un régimen autoritario que a una democracia moderna. Ver a funcionarios y secretarios movilizando votantes de manera mecánica, en lugar de velar por la transparencia del proceso, es el reflejo de un poder que se ejerce sin ética. Esta coacción no solo agrede la integridad del trabajador público; dinamita los cimientos del bienestar social.
La política en Caquetá parece haber retrocedido décadas. El verdadero poder hoy no reside en las ideas, sino en quienes controlan el “día a día” y el hambre de los ciudadanos. Forzar la asistencia con un número mínimo de acompañantes y vigilar el sentido del voto es un claro indicativo de la crisis terminal que enfrentamos.
Si bien la lucha por una curul en la Cámara de Representantes es feroz, el fin no justifica los medios cuando estos atropellan la dignidad humana. En lo que queda de esta jornada electoral, es fundamental que los ciudadanos y los mismos funcionarios se levanten en oposición. Denunciar estas irregularidades ante las autoridades competentes y las veedurías internacionales no es solo un acto de valentía; es un compromiso con la supervivencia de nuestra democracia.
En definitiva, lo que se decide hoy en las urnas de Caquetá va más allá de un nombre en un tarjetón; se trata de rescatar los principios éticos que nos han costado tanto alcanzar. Es hora de que todos digamos “basta” a la manipulación. Recordemos que, ante la presión y el miedo, la verdadera fuerza de la democracia reside en la libertad secreta de cada voto.